Felipe Burbano
elsoberanodigital.blogspot.com
QUITO — La dramática jornada electoral vivida en Ecuador el domingo pasado dejó al país atrapado por la incertidumbre que generan los cuestionamientos de los resultados electorales y los enormes desafíos que se le presentan en el futuro inmediato.
Entre las cinco y las siete de la tarde del domingo,
los ecuatorianos transitaron de un momento triunfalista, eufórico, de la
candidatura del opositor Guillermo Lasso, quien precipitadamente se proclamó
ganador de la elección sobre la base de una encuesta a boca de urna que le daba
seis puntos de diferencia sobre su rival; a un lento cambio de escenario
conforme aparecían los resultados del conteo rápido del Consejo Nacional
Electoral con un apretado
triunfo del oficialista Lenín Moreno.
El dramatismo de la votación aumentó cuando la ONG
Participación Ciudadana, cuya reputación es reconocida
ampliamente en el país, se abstuvo de difundir el resultado de su conteo
rápido aduciendo una diferencia de votos entre los dos candidatos del 0,6 por
ciento, con un margen de error del uno por ciento. Los cambios bruscos en el
escenario levantaron inmediatamente las sospechas anticipadas por la oposición
de un posible
fraude electoral perpetrado por el gobierno. El propio Lasso llamó
a sus simpatizantes a las calles para exigir el respeto de la voluntad
popular.
A pesar de que los datos oficiales del escrutinio
ratifican un triunfo de Moreno sobre Lasso por 230.000 votos (2,3 por ciento de
diferencia) no alcanzan para evitar que los resultados sean interpretados en el
marco de la creciente polarización que domina a Ecuador, y no evitan que
surja un aura de sospecha que sin duda ensombrecerá el triunfo de Moreno.
Resulta poco probable pensar que el Consejo Nacional Electoral, siempre sujeto
a la atenta vigilancia de la
Presidencia de la República, pueda aceptar las impugnaciones de los
opositores si ponen en riesgo el triunfo oficialista.
La dificultad para disipar la sospecha de un posible fraude
desluce este cuarto triunfo consecutivo de Alianza País en una elección
presidencial (2006, 2009, 2013 y 2017). Ningún otro movimiento político en la
agitada vida republicana de Ecuador ha logrado un predominio político tan
extendido en el tiempo, lo cual muestra el enorme capital político acumulado
por Alianza País, por la propia Revolución Ciudadana y sobre todo por Rafael
Correa convertido en el protector de los excluidos y el gran conductor y
caudillo del proceso. Lo hizo al modo populista: redistribuyendo recursos a los
pobres, castigando a las élites económicas y políticas y polarizando a la
sociedad en dos bandos antagónicos
Moreno deberá relevar en la conducción política del
movimiento y del país cuando su movimiento muestra inobjetables signos de
desgaste. Cuando arrancó la campaña electoral hace seis meses, el candidato
oficial pretendió marcar distancias y diferencias del estilo confrontativo de
Correa presentándose como un político de mano abierta, dispuesto a dialogar y a
buscar acuerdos. Pero ese talante se perdió en la segunda vuelta electoral
cuando adoptó las mismas estrategias de Alianza País: confrontación, uso de
recursos estatales para su promoción, respaldo total de los medios de
comunicación públicos y una campaña sucia sistemática que retrataba a Lasso
como un banquero corrupto, de doble moral, responsable de la crisis financiera
de 1999.
Moreno tendrá que convencer a la mitad de la sociedad
ecuatoriana de su disposición al diálogo y a la búsqueda de acuerdos no solo
para ganar prestigio y credibilidad sino, sobre todo, para sacar a la política
ecuatoriana de la polarización.
El segundo gran reto que tiene por delante es la
crisis económica. Durante toda la campaña electoral, la recesión de la economía
ecuatoriana, el profundo déficit fiscal, el desempleo, el desajuste externo y
la falta de inversión, fueron convenientemente soslayados por Moreno.
El presidente electo Lenín Moreno, deberá despertar a la
realidad y poner en marcha algún tipo de ajuste macroeconómico. Moreno no ha
dado una sola señal de cómo piensa hacerlo. Al gobernar, tendrá que enfrentar
el agotamiento de un modelo económico que ha funcionado en los últimos catorce
meses gracias a un creciente endeudamiento y se estrellará contra el plan de
gobierno diseñado por los ideólogos de Alianza País con su promesa de llevar a
cabo doce revoluciones más.
Entre el sueño revolucionario de continuar con las
transformaciones y esta realidad, pesada pero inevitable, se dirimirá la
capacidad de liderazgo del nuevo presidente.
Si esos son los principales retos económicos, el mayor
peligro que se cierne sobre Ecuador es seguir actuando en la arena política con
una lógica de guerra que dicta convertir al adversario en enemigo. Alianza País
entiende la democracia como un proceso de cambio hacia una sociedad más
igualitaria sobre la base de la confrontación.
Para el movimiento de gobierno, la búsqueda de
consensos constituye una suerte de claudicación de una democracia radical
destinada a cambiar las relaciones de poder entre las clases y grupos sociales.
Esa política, que combinó estrategias populistas con ideologías posneoliberales
y del socialismo del siglo XXI, ha originado un contexto de creciente
enemistad, cargada de odios e intolerancia, entre los partidarios leales y
los contrarrevolucionarios.
Como muestra dramáticamente el caso de Venezuela,
cuando los adversarios son tratados como enemigos y son permanentemente
excluidos del poder, el desenlace es la supresión de las libertades políticas,
el empobrecimiento general de la sociedad, la violencia en las calles y el
secuestro del poder por una élite política y militar corrupta.
Moreno tiene el desafío de volver sobre su imagen de
una persona abierta, moderada, que puede restablecer la democracia como una
forma pacífica de negociar los conflictos en las sociedades modernas, y
gestionar lo público de manera transparente.
Se pone a prueba su capacidad para sacar a Ecuador de
las incertidumbres que le acechan, hoy más complejas con las sombras y dudas
que deja su apretado triunfo en la segunda vuelta.
Credit. al The New York Time /

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