Lisa McInerney, durante la entrevista en Madrid. ÁLVARO GARCÍA
La escritora irlandesa publica en español 'Los pecados gloriosos', su exitoso debut en narrativa
elsoberanodiital.blogspot.com
Esta es la historia de Maureen, homicida accidental, y
la de un puñado de inadaptados de la
Irlanda posterior a la crisis de 2008 salpicados por su
crimen: traficantes de drogas, prostitutas, alcohólicos y mafiosos que lo son
porque en su día tomaron una decisión equivocada.
Y es también la historia de
una consagración fulminante, la de Lisa McInerney (Galway, Irlanda, 1981), antes bloguera y hoy
creadora de todos estos personajes de Los pecados gloriosos, una mujer de
origen humilde y risa fácil que sin mucha esperanza se empeñó en ser escritora
y parece haber tomado la decisión acertada. Su estreno en narrativa, publicado
en España por ADN Alianza de Novelas, ha conquistado este año el Premio Baileys al mejor libro
escrito por una mujer, el Desmond Elliott a la mejor primera
novela y pronto llegará a la televisión convertida en serie por la propia
escritora.
“Escribo sobre gente de clase obrera porque ese es mi origen”, dice durante una
entrevista en Madrid. “Y también porque me interesa documentar la vida de
aquellos que no son vistos como sujetos literarios, que han sido olvidados en
literatura, que se han considerado de segunda clase. El sector editorial es
clase media y la literatura, al menos en inglés, se escribe para la clase media
y tiende a retratar a la clase media, profesores de universidad, gente con
problemas para encontrarse a sí misma… Trata de temas para mí banales si los
comparo con lo que veo en la clase trabajadora y hay un peligro de que se
conviertan en los únicos”.
El libro, una compleja reflexión sobre los mecanismos
de la culpa y el remordimiento, es, en realidad, una enmienda a la totalidad de
la autora a su Irlanda natal. Sobre todo, a la omnipresencia de la Iglesia católica y su
legado en materia sexual y familiar, que a ella tanto daño le ha hecho. Hija de
madre soltera, considerada ilegítima a ojos de la sociedad, McInerney fue
criada por sus abuelos en un hogar muy modesto, donde fue hermana de sus tíos,
niña en un hogar sin niños. “Siempre he escrito porque siempre he tenido la
necesidad de hacerlo. En casa no tenía con quién jugar, así que me refugié en
la escritura y ya nunca lo dejé”, recuerda. “Pero tenía muchos prejuicios,
ideas equivocadas. Pensaba que para ser escritora debía tener lo menos un
máster en el Trinity College. Hace unos años descubrí el mundo de los blogs y
me pareció fascinante porque estaban abiertos a cualquiera”.
McInerney escribía posts cargados de humor y cinismo
con el estómago, sin medir sus palabras, con un lenguaje nada fino que le valió
el sobrenombre de The Sweary Lady, la palabrotera. Se hizo con una bolsa de
lectores y llamó la atención del mundillo literario. Un buen día, el reputado
escritor Kevin Barry le pidió un cuento para una antología que estaba
preparando. “No escribía relatos pero a él no podía decirle que no lo hacía,
así que escribí uno, gracias a Dios le gustó y lo publicó”, recuerda. “Ahí empezó mi carrera literaria”.
Créditos alPaís.

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