Manolo Guevara Diaz
elsoberanodigital.blogspot.com
NUEVA YORK — Vanessa Luna llegó de Perú a los diez
años y creció como migrante indocumentada. Mientras sus padres trabajaban en
servicios de limpieza, ella ocultaba su condición en el bachillerato, hasta que
una orientadora la ayudó a entrar a la Universidad Estatal
de Nueva York, en Binghamton, para estudiar Historia de Estados Unidos.
Estaba en su primer año cuando, en 2012, el presidente
Obama le otorgó a Luna (y a cientos de miles de otros jóvenes como ella) un
permiso temporal para residir y trabajar en Estados Unidos. Así fue como pudo
ser maestra.
“Por primera vez sentí que este país me aceptaba”,
dijo Luna, de 25 años, quien ahora enseña Estudios Sociales en una secundaria
del Lower East Side en Manhattan.
Sin embargo, ahora no sabe qué sentir.
Durante su campaña
presidencial, Donald Trump prometió que cancelaría el programa Acción Diferida
para los Llegados en la
Infancia (DACA, por su sigla en inglés), que inició Obama. No
obstante, en comentarios que hizo a la revista Time recientemente, el presidente
electo pareció suavizar su postura.
“Vamos a pensar en algo que haga que la gente se sienta feliz y orgullosa”,
dijo Trump, sin ofrecer más detalles, aunque una propuesta de ley del senado
con apoyo bipartidista que se presentó hace unas semanas extendería las
garantías de la DACA
por tres años.
En la entrevista, Trump dijo
de los migrantes jóvenes: “Han trabajado aquí, fueron a la escuela aquí. Algunos
fueron buenos estudiantes. Algunos tienen trabajos maravillosos. Y están en el
limbo porque no saben qué va a pasar”.
En eso Luna estuvo de acuerdo.
“Para las personas como yo, la incertidumbre sigue presente,” comentó.
En todo Estados Unidos, más de
740.000 inmigrantes jóvenes, a quienes se les suele llamar dreamers,
se preguntan qué pasará con los permisos de trabajo que se otorgaron a través
de DACA. Laboran en distintas áreas, como educación, derecho, medicina,
finanzas y el gobierno. Según cifras oficiales, cerca de 30.000 viven y
trabajan en la Ciudad
de Nueva York.
A la edad de cinco años,
Chandrapaul Latchman fue traído a Estados Unidos desde Guayana para reunirse
con sus padres en Long Island. Fue presidente del cuerpo estudiantil de la Valley Stream
Central High School, estudiante con honores del Baruch College y becario de
BlackRock, una empresa de investigación, antes de trabajar en JPMorgan Chase. Hoy,
a los 23 años, es uno de los cien analistas de riesgo del banco que evalúa
préstamos multimillonarios de desarrolladores inmobiliarios y empresas de
entretenimiento.
Sabe cómo se sentirá cuando Trump cancele el programa
conocido como DACA.
“Es un sentimiento de rechazo”, dijo Latchman.
Foto
Chandrapaul
Latchman, de 23 años, tiene un permiso laboral gracias a la Acción Diferida
para los Llegados en la
Infancia y es analista de riesgo en JP MorganChase.
“Aunque te hayas esforzado tanto y hayas trabajado
mucho más que los demás para poder estar aquí, todavía al final no eres
suficientemente bueno y no te quieren”, manifestó.
Dado que Obama inició el
programa mediante una acción ejecutiva, Trump podría revocarlo con el poder de
su firma. No necesita aprobación del congreso.
Sin el derecho de trabajar
legalmente en Estados Unidos, los dreamers podrían ver desaparecer su
vida de clase media: departamento pequeño en Brooklyn, licencia de manejo,
salario quincenal con descuentos para el retiro, un puesto codiciado en una
empresa financiera.
Algunos consideran que los más
recientes comentarios de Trump son controversiales y siguen con la narrativa de
su campaña.
“No queremos hacer una
diferencia entre inmigrantes buenos y malos, o como sea que él elija
calificarlos”, dijo Hina Naveed, de 26 años, enfermera certificada en Staten
Island y codirectora del grupo activista Dream Action Coalition. “En lugar de
solucionarlo solo para los dreamers, lo que a mí me gustaría ver es
una política clara en lo que espera resolver con los inmigrantes en general”.
De lo contrario, dijo, la
alternativa es aterradora: “Vamos a dejar a los DACA y deportaremos a todos los
padres, ¿así quién va a querer quedarse aquí?”.
Juan Carlos Pérez, de 31 años,
maestro de matemáticas en la International High School de Union Square, dijo
que podría regresar a la enseñanza de inglés como segundo idioma en Queens por
un salario mínimo o incluso volvería a México, de donde se fue a la edad de 11
años.
Joe Luft, director ejecutivo
de la
Internationals Network for Public Schools, que opera quince
bachilleratos en la Ciudad
de Nueva York especializados en dar clases a inmigrantes recién llegados,
comentó que perder a personas como Pérez afectaría negativamente a los estudiantes
que han llegado a confiar en él.
“Temo por lo que
eso pueda hacer con las esperanzas, que suelen ser pocas, de esos estudiantes”,
comentó Luft.
Credit Joshua Bright para The New York
Times


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