Manolo Guevara Diaz
elsoberanodigital.blogspot.com
APODACA,
México — En los 30 años que lleva trabajando en la planta de Whirlpool
de esta ciudad industrial, José Luis Rico ha sido testigo de varios
cambios importantes.
La
fuerza laboral ha crecido para producir más refrigeradores, que hoy en
día se parecen más a unos robots que a los simples modelos que
ensamblaba cuando comenzó su carrera.
Potenciar esos cambios formó parte del acuerdo de libre comercio entre México, Canadá y Estados Unidos que prometió impulsar a México hacia el futuro.
Potenciar esos cambios formó parte del acuerdo de libre comercio entre México, Canadá y Estados Unidos que prometió impulsar a México hacia el futuro.
Lo
que no parecía crecer, sin embargo, era el salario de Rico. Después de
varios aumentos todavía gana menos de diez mil dólares al año, una suma
que, según el, difícilmente convierte a México en el gran
beneficiado del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), como asegura el presidente electo Donald Trump.
De
hecho, tanto para Rico como para muchos trabajadores, políticos y
economistas mexicanos, el TLCAN no se siente como una victoria en
absoluto.
“Es más como sobrevivir”, dijo Rico. “Pensé que este acuerdo mejoraría mi vida y crearía oportunidades para todos”.
“Tal
vez lo ha hecho”, añadió mientras señalaba el logotipo de Whirlpool en
la entrada del complejo industrial. “Solo que no para nosotros”.
Trump
cuestionó las virtudes del TLCAN como uno de los puntos centrales de su
campaña; en un momento llegó a calificarlo como “el peor acuerdo
comercial jamás firmado en cualquier parte”, y no ha parado de
criticarlo desde su elección. Hace poco atacó a General Motors por importar automóviles fabricados en México y reclamó el crédito de la decisión de Ford de cancelar la construcción de una nueva fábrica en San Luis Potosí. Además nombró a Robert Lighthizer, conocido defensor de políticas proteccionistas, como su principal negociador comercial.
Sus
argumentos han construido una narrativa donde las áreas en las que los
trabajadores estadounidenses perdieron, fueron victorias para la
economía mexicana.
Pero
en México muchos creen que el TLCAN, a pesar de atraer una enorme
cantidad de inversión al país, ha sido una gran decepción.
“Al
final del día, como una estrategia de desarrollo, debería haber causado
un mayor crecimiento sostenido, generado salarios bien pagados y
reducido la brecha entre México y Estados Unidos”, dijo Gerardo
Esquivel, economista del Colegio de México. “Se ha mantenido muy por
debajo de lo que se esperaba”.
La
economía de México ha crecido un promedio de solo 2,5 por ciento al año
con el TLCAN, una fracción de lo que se necesitaba para proporcionar
los empleos y la prosperidad prometida por sus impulsores. Más de la
mitad de los mexicanos todavía viven por debajo de la línea de pobreza,
una proporción que permanece sin cambios desde 1993, antes de que el
acuerdo entrara en vigor.
Los
salarios mexicanos se han estancado por más de una década, y persiste
la gran brecha entre ricos y pobres. La mayoría de los trabajadores
tienen empleos ilegales en talleres, mercados y granjas para poder
sobrevivir.
Mientras
tanto las nuevas tecnologías han recortado muchos empleos a la vez que
aumentan la productividad, lo cual es una buena noticia para los
negocios pero no para los trabajadores.
“México
está viviendo exactamente el mismo fenómeno que Estados Unidos”, dijo
Timothy A. Wise, investigador de Tufts University. “Los trabajadores
tienen un poder de negociación cada vez menor en ambos lados de la
frontera”.
Muchos
expertos opinan que parte del fracaso del TLCAN para alcanzar su
potencial recae en el gobierno mexicano. En vez de utilizar el acuerdo
como un punto de partida para crecer e invertir en muchos sectores de la
economía mexicana, los gobiernos vieron el tratado como una salida
fácil para los problemas económicos del país.
Una
reciente encuesta de Parametría, una respetada agencia encuestadora
mexicana, mostró que más de dos tercios de los consultados creían que el
TLCAN había beneficiado a los consumidores y negocios estadounidenses,
mientras que solo el 20 por ciento pensaba que había sido bueno para los
mexicanos. La encuesta, que consistió en 800 entrevistas realizadas en
los hogares de las personas, tuvo un margen de error de más o menos 3,5
puntos porcentuales.
“Existe
una gran narrativa en Estados Unidos de que México fue el gran ganador
del TLCAN”, dijo Fernando Turner Dávila, secretario de Economía y
Trabajo del estado industrial de Nuevo León. “Mientras tanto, aquí en
México solo ven los beneficios que son glorificados. Nunca ven los
inconvenientes, mucho menos hablan de ellos”.
Turner
citó la pérdida de casi dos millones de puestos de trabajo en la
industria agrícola debido al tratado que benefició a las industrias
altamente subsidiadas de Estados Unidos que se dedican a cultivar
alimentos como el maíz en detrimento de los agricultores mexicanos. Y
mientras el gobierno federal estadounidense alaba el aumento de las
exportaciones manufactureras, México sigue dependiendo de un tremendo
número de importaciones procedentes de Estados Unidos.
“El
gobierno mexicano no ha establecido políticas para proteger a las
empresas mexicanas”, dijo Turner, un hombre de negocios que tiene
fábricas en media docena de países.
Dicho
esto, incluso críticos como Turner no quieren que se acabe el TLCAN. Es
un acuerdo imperfecto que no ha cumplido su promesa, dijo. Pero también
comentó que derogar el tratado sería un desastre que perjudicaría tanto
a México como a Estados Unidos y ocasionaría más pérdidas de empleo.
Tampoco es algo que pueda implementarse fácilmente, sostienen los críticos.
Después
de dos décadas, las dos economías están fuertemente entrelazadas. Las
mercancías fabricadas por compañías que operan en ambos países, ya sean
parlantes, automóviles o aviones, cruzan la frontera varias veces
durante el proceso de fabricación compartido que, si se destruye,
significaría la pérdida de empleos para ambos países.
“Mucha
gente se consuela al pensar que es muy difícil que Estados Unidos le
imponga aranceles a México, sin afectar la economía estadounidense”,
dijo Christopher Wilson, un académico del Woodrow Wilson Institute.
“Necesitas algo que remplace el TLCAN. De lo contrario, vas a afectar a
muchos trabajadores estadounidenses”.
Los
economistas reconocen que el tratado ha traído cambios positivos para
México. Desde que entró en vigor, a principios de 1994, miles de
millones de dólares anuales en inversión han llegado a México.
Ciudades
provincianas se han convertido en centros de fabricación. Los
trabajadores ensamblan los automóviles Ford Fusion híbridos en la ciudad
de Hermosillo y los refrigeradores Whirlpool en Monterrey. Tijuana
envía televisores de pantalla plana a través de la frontera y Querétaro
fabrica piezas para helicópteros y jets corporativos.
En
los últimos 20 años, esas exportaciones han sido el principal motor del
crecimiento en México lo que explica por qué el gobierno está tan
ansioso por defender las relaciones comerciales con Estados Unidos.
Algunos
temen que sin el acuerdo, la inversión extranjera que crea nuevos
empleos disminuirá o incluso desaparecerá. Esta semana, los mexicanos ya
tuvieron una advertencia de los posibles efectos. Después de las bajas
ventas y las críticas de Trump, Ford anunció
que cancelaría la construcción de una planta de automóviles en San Luis
Potosí, un estado que con el TLCAN se ha transformado en un centro para
la fabricación de automóviles.
“México
lo ha hecho mucho bien”, dijo Gordon H. Hanson, experto en comercio de
la Universidad de California. “Tienen mucho de que estar orgullosos. Ha
desarrollado una clase media que vive en las ciudades y educa a sus
hijos. No es el México de 1993”.
La
imagen de estas bulliciosas fábricas alimentan la idea de que México es
responsable del hundimiento del corazón industrial de Estados Unidos.
Pero la realidad ha resultado ser mucho más complicada.
Mientras
las empresas estadounidenses trasladaron a México sus empleos con
salarios bajos para seguir siendo competitivas, surgieron nuevos
trabajos en Estados Unidos, en áreas como diseño, ingeniería o en
plantas para fabricar piezas para las fábricas mexicanas. Al final, “el
TLCAN no causó las enormes pérdidas de empleos temidas por los críticos o
las grandes ganancias económicas predichas por sus partidarios”,
concluyó el Congressional Research Service en 2015.
En
México existía la esperanza de poder imitar el éxito de los Tigres de
Asia Oriental, países como Corea del Sur, Singapur o Taiwán que
utilizaron el libre comercio como catalizador para modernizar y reformar
la economía a través de las exportaciones. En cambio, México produjo
las exportaciones pero no el crecimiento. Incluso se quedó atrás frente a
la mayoría de los países de América Latina durante los años 2000.
Pero
el TLCAN no era el problema. Los expertos dicen que gran parte del
error era la creencia del gobierno mexicano de que el acuerdo sería
suficiente para transformar la economía. Pensando en el tratado
comercial como una panacea, el gobierno no logró desarrollar una
política más amplia o hacer las inversiones necesarias para que el
acuerdo fuese la palanca que transformara toda la economía.
Las
inversiones en investigación y desarrollo, por ejemplo, no se han
materializado en el sector público ni en el privado. Los gastos
gubernamentales en infraestructura han caído a su nivel más bajo en
siete décadas, según los expertos, creando una red poco confiable de
puertos, carreteras e incluso conexiones a internet en todo el país. La
regulación y la corrupción ahogaron la inversión, mientras que los
bancos prestaron mucho menos que sus pares latinoamericanos ocasionando
que las pequeñas empresas lucharan por los créditos.
Incluso donde el TLCAN ha tenido éxito, no ha logrado incrementar los salarios ni crear los trabajos necesarios.
Rodolfo
de la Torre, economista del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, en
Ciudad de México, dijo que inicialmente los funcionarios esperaban que
el TLCAN crearía más empleos para la gran masa de trabajadores con bajos
niveles educativos de México. Pero a principios de los años 2000, gran
parte de los trabajos de ese sector se fueron para China, donde la mano
de obra era más barata.
En
México, los empleos para trabajadores con mejores niveles educativos se
mantuvieron, en parte por los avances tecnológicos de las plantas
industriales.
Ahora, en muchos de los centros de fabricación de México, los salarios y las esperanzas se han congelado.
Durante
diez años, Jorge Agustín Martínez ha conducido un montacargas para
Prolec, una empresa de General Electric que fabrica transformadores. Es
padre de dos hijos y gana alrededor de 100 dólares por cada semana de
trabajo de seis días.
Aunque
ha recibido aumentos modestos, la última reconsideración de su sueldo
sucedió hace cinco años cuando el gas, la comida y los electrodomésticos
eran mucho más baratos. Dijo que fue antes de que naciera su segundo
hijo. Ahora entre vivienda, seguro, ahorros y otros requisitos, le
quedan unos 40 dólares semanales para comprar alimentos y suplir las
necesidades de su familia.
Sostiene
que algunos de los ingenieros de la planta hacen más, pero nadie está
prosperando. “Todos estamos en lo mismo, luchando para llegar a fin de
mes”, dijo. “No conozco a nadie que esté muy cómodo”.

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