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El inesperado
triunfo de Donald Trump el martes se sintió más allá de las fronteras de
Estados Unidos y genera profundas interrogantes acerca del lugar que ocupará
ese país en el mundo de ahora en adelante.
Por primera vez
desde la Segunda Guerra
Mundial, los estadounidenses eligieron a un presidente que prometió revertir el
internacionalismo que practicaron sus predecesores para construir muros físicos
y metafóricos.
La victoria de Trump auguró un Estados Unidos más concentrado en
sus propios asuntos que deja que el mundo se haga cargo de sí mismo.
Su victoria reflejó
un cambio fundamental en la política internacional que ya se había evidenciado
este año en acontecimientos como el referendo en el Reino Unido para dejar de
formar parte de la
Unión Europea. El éxito de Trump podría alimentar el
populismo, el nativismo, el nacionalismo, los movimientos a favor de cerrar las
fronteras que ya son tan manifiestos en Europa y que se han diseminado a otras
partes del mundo.
Los mercados globales cayeron después de la
elección del martes y muchos se apresuraron a tratar de entender lo que podría
significar en términos locales. Para México, pareció presagiar una nueva era de
confrontación con su vecino del norte. En Europa y Asia, podría reescribir las
reglas de las alianzas modernas, los tratados comerciales y la ayuda extranjera.
Para el Medio Oriente, presagió una posible alineación con Rusia y un conflicto
renovado con Irán.
“Todo puede pasar”,
dijo Agustín Barrios Gómez, un excongresista en México y presidente de la Fundación Imagen
México, una organización dedicada a promover la reputación del país en el
extranjero.
No sorprende que la
mayor parte del mundo apoyaba a Hillary Clinton y no a Trump, cuya política
exterior se define con poner a “Estados Unidos primero”.
Prometió construir
un muro a lo largo de la frontera con México y prohibir temporalmente el
ingreso de musulmanes a Estados Unidos. Cuestionó el compromiso de Washington
con los aliados de la OTAN,
hizo un llamado a recortar la ayuda al extranjero, alabó al presidente Vladimir
Putin de Rusia, prometió acabar con los tratados comerciales internacionales,
atacó a China y sugirió a los aliados asiáticos desarrollar armas nucleares.
En Alemania, donde
las tropas estadounidenses están apostadas desde hace más de siete décadas, la
posibilidad de una retirada pareció desconcertante. “Sería el fin de una era”,
escribió en Der Spiegel Henrik Müller, profesor de periodismo en Dortmund. “La
era de la posguerra en la que las bombas atómicas estadounidenses y su
presencia militar protegían primero a los países de Europa del este y luego a
los del centro llegaría a su fin. Europa tendría que hacerse cargo de su propia
seguridad”.
Quizá la victoria
de Trump fue más alarmante en México que en ningún otro lugar.
“El peligro es claro
y presente” dijo Rossana Fuentes-Berain, directora de México Media Lab y
fundadora de la edición para Latinoamérica de Foreign Affairs. “Cada momento
será un reto. Cada paso o declaración será algo que no nos hará sentir cómodos,
y eso nos perjudica a todos”.
México es el tercer
socio más grande de Estados Unidos, después de Canadá y China, gracias a cerca
de 531 mil millones de dólares en comercio de bienes anuales. Las cadenas de
suministro en ambos países son interdependientes, ya que artículos y partes
estadounidenses se envían a fábricas mexicanas para elaborar productos que
regresarán a Estados Unidos para la venta. Cinco millones de empleos
estadounidenses dependen directamente del comercio con México, de acuerdo con
el Mexico Institute.
El peso mexicano se
desplomó 13 por ciento inmediatamente después de la elección, en su más grande
caída en décadas. Barrios Gómez predijo una devaluación del peso del 20 por
ciento a corto plazo y una recesión mexicana “a medida que las cadenas de
suministro en todo el continente se paralicen y las inversiones se agoten”. La
comunidad empresarial, dijo, “ha entrado en pánico”.
Uno de los pocos
sitios donde el triunfo de Trump fue recibido con entusiasmo fue Rusia, donde
la televisión, controlada por el Estado, se ha deleitado con el espectáculo
electoral estadounidense. Desde la Guerra Fría, Rusia no ocupaba un lugar tan
importante en una elección presidencial, ya que se vio a Trump elogiar a Putin,
y a los investigadores estadounidenses concluir que los rusos habían hackeado
los mensajes de correo electrónico de los demócratas.
“La presidencia de Trump hará que Estados Unidos se hunda en una franca
crisis, que también será económica”, declaró Vladimir Frolov, columnista ruso y
analista de asuntos internacionales. “Estados Unidos estará ocupado con sus
propios asuntos y no molestará más a Putin”.

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